Siempre había soñado con llegar a conocer a esa persona. Esa que me hiciese sentir como si estuviese en el cielo aunque estuviese rodeada de infiernos, que me hiciese sentir especial y no una más, que me diese tanto y cuanto pudiera de su vida, que me hiciese temblar cada vez que le viese, que me moviese el piso, que compartiese conmigo cosas que con nadie compartía, que me mirase raro y pudiese sonreír aliviada porque solo a mi me mira así, que sus brazos fuesen los más acogedores, que su cuerpo fuese mi casa y su alma mi refugio. Soñaba con aquel chico que nunca existió, que no se si exista. Después de tanta película de chica, esperaba mucho de los hombres, de la vida, del amor. Esperaba poder encontrarme en alguien y saber que si existe una razón para quedarme donde estoy y no irme nunca más. De chica, los días de san Valentín parecían un sueño. Miraba a las parejas enfermas de amor, adorando un día común y corriente que habían encuadrado y crucificado como el día de los enamorados. Los veía ser felices y añoraba poder algún día pasarlo junto a alguien que me hiciese volar. O mejor dicho, que quisiese volar junto a mí. Veía a mis papás, sobrevolando los problemas pero juntos, sobrellevando el dolor, viviendo y disfrutando de la vida. A la par. Yo quería poder llegar a sentirme así, acompañada y querida hasta aquel punto en que las palabras no alcanzan para describirlo, en aquel punto en que uno ya no sabe si es posible que uno pueda querer más allá de lo cierto y preciso, hasta el infinito. Quería besar a alguien y sentir esas “mariposas” de las que tanto hablaban. Cuando fui creciendo, comprendí que me molestaba la idea de nunca poder amarrarme a alguien, de estar con chicos y saber que aquellos no eran los indicados, que faltaba besar a muchos más sapos para descubrir al príncipe. Salí a bailar con la ilusión de que algún chico durase más que una noche. Así como era predecible, deje de creer en que existía ese príncipe del que tanto me habían hablado bien. Empecé a detestarlo aún sin saber su nombre, ni conocer su cuerpo ni su rostro. Le odiaba por no aparecer y darme cariño, ese que no conocía. Aquel que duraba más de dos horas. Comencé a dejar de creer en él, me dejé en mil manos de hombres de los que ni recuerdo el nombre para poder sanar su ausencia, su olvido e indiferencia. Con el tiempo, dejó de importarme si había alguien a quien le pertenecía, me daba igual. Todos estaban de novios y yo, al lado de ellos, me sentía sola y dejada. Me propuse y dije entonces que iba a disfrutar la vida hasta que aquel príncipe; ya no tan hermoso, puntual y perfecto como me lo habían descripto; se dignase a dar la cara. Y así fue, de a poco, dejé incluso de creer en el verdadero amor. Ahora, todo el tema del "amor verdadero" ha empezado a perder valor. Un “te amo” se dice a la semana y un “te quiero” el primer día en que decidiste entregar más que una mirada pretenciosa en un boliche, así son las reglas. Di por perdida la posibilidad de poseer más que aquello: una noche. Entristecida, decepcionada,puteando mi inocencia, fastidiando la ilusión que había creado y las esperanzas que ya cansadas de esperar poseo me dediqué a festejar los 14 de febrero con amigas solteras riéndonos de aquellos que creen en un tiempo eterno que no dura más que unos meses. Nos reímos para no llorar, o eso creo. A mi ya no me interesa que día caiga, es un día, como cualquier otro en que una aún soltera decide hacer ojos ciegos al banco vacío de al lado nuestro. Asique esto va para vos, Príncipe medio falluto debo decir: cuando tengas ganas de venir, procura que yo siga estando acá. No vaya a ser que me canse de esperarte y me busque y titule a algún otro de príncipe y te quedes sin trono y sin princesa.










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