Vivimos en la tierra donde el silencio no existe. Ni en medio del campo, ni sobre la cima más alta. El silencio total siempre se desvanece. En la naturaleza nada dura, todo nace, vibra y desaparece. Y todo lo que vibra produce un sonido. Algunos no llegamos a escucharlos, como el sonido de la lluvia cayendo en Budapest, o el ruido de una mosca deteniéndose sobre una rama. Sin embargo dentro nuestro conocemos el silencio. Se dice que cada persona es una isla, y no es cierto, cada persona es un silencio, eso, un silencio, cada una con su silencio, cada una con el silencio que es. Y ese silencio que cultivamos puertas adentro es perfecto, ideal. Con esa abstracción llenamos el cielo. No es difícil que imaginemos que el cosmos, esta contagiado de ese silencio. Al mirar el cielo, lo descubrimos: fuera de nuestro mundo nace el silencio. Ambos silencios nos afligen. Ni dentro nuestro, ni mirando las estrellas, encontramos un sonido que explique el misterio. El misterio es ese silencio. Pero sin embargo, si durante un día perseguimos el silencio en todo, para mover las cosas, para caminar, para respirar y para hablar con la gente, el mundo muy pronto se vuelve irreal, la sensación de que en algún lado, algún alguien colgó una cámara y entonces la vida pasa como una película muda. El silencio nos acerca a ese ideal, a eso inexplicable que invade el mundo. Pronto se descubre que el ruido no es otra cosa que la ausencia de silencio.










.jpg)



























.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)




























-







































































